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Los montaviajes y el turismo que nunca ocurre

Tragicomedia

Los montaviajes y el turismo que nunca ocurre

Los montaviajes y el turismo que nunca ocurre

Viajar en México: del sueño… al fraude

Viajar en México ya no empieza en el aeropuerto.

Empieza en Facebook.

Y muchas veces… termina ahí.

Como diría cualquier tía en Navidad: “algo no me huele bien, m’ijo”… pero ahí vamos, como buenos mexicanos, con fe, con ganas y con esa peligrosa combinación de ilusión y descuento.

Porque seamos honestos: todos hemos sido un poco como el Chavo del Ocho… soñando con Acapulco, con Cancún… y al final ni salimos de la vecindad.

El nuevo dizque agente de viajes no tiene oficina, no tiene razón social, no tiene cara, no tiene madre… pero tiene seguidores, tiene reels, tiene testimonios falsos y tiene algo mucho más poderoso: la ilusión perfectamente empaquetada.

Como villano de telenovela.
Como esos que sonríen… mientras ya te están viendo la cara.

Se llama “promoción”.
Se llama “oportunidad”.
Se llama “últimos lugares”.

Pero en realidad… se llama fraude.

El fenómeno de los “montaviajes” —sí, así— ya es una industria paralela.

Una industria que no vende viajes…
vende sueños.

Como diría la abuela: “te venden espejitos, y tú feliz”.

Y luego… los cancela.

El turista mexicano quiere viajar más que nunca.

Después de pandemia, inflación y vida adulta… viajar dejó de ser lujo y se volvió necesidad emocional. 

Porque aquí no viajamos…
nos escapamos.

Porque todos, en el fondo, somos un poco Marimar.

Soñando con salir del Godín… y de pronto estar en la playa, aunque sea tres días.

Y ahí entra el depredador.

El pseudo-agente.

El clásico “confía en mí”, versión digital.

El que ofrece Cancún en 3,999 pesos.
El que promete vuelos incluidos.
El que jura hoteles con buffet y sonrisa incluida.

Y la gente… cae.

Porque quiere creer.

Porque necesita creer.

Porque dices: “el que no arriesga no gana”.

Porque todos hemos querido que el paraíso estuviera en oferta.

Como si fuera el Buen Fin del Caribe.

Como si de verdad existiera ese paquete donde toda la familia —la abuelita, los niños, el primo incómodo— se suben como en Mecánica Nacional… y llegan al paraíso sin pagar lo que cuesta.

Y entonces pagas.

Transferencia.
Depósito.
Link sospechoso.

Y listo.

Ya compraste tu viaje.

O eso crees.

Porque en ese preciso instante algo te dice que la cagaste….

Y es aquí donde el verdadero itinerario se muestra.

Primero… el silencio.

Luego… el pretexto.

Después… la desaparición.

Como novio tóxico.
Como político en campaña.

Y finalmente… la realización más culey de todas:

No vas a viajar.

Pero lo más cabrón no es que pierdas el viaje.

Es que pierdes todo.

Tu dinero.
Tu tiempo.
Tus vacaciones.
Tu ilusión.

Como cuando te rompen el corazón… pero con transferencia bancaria.

Porque aquí no estamos hablando de 500 pesos.

Estamos hablando de miles.

Gente que se apretó el cinturón todo el año.

Como Macario… pero en versión vacacional.

No querías un pavo para ti solito…
querías vacaciones.

Y ese deseo… te cegó.

Familias que planearon su viaje…
y terminan viendo Cancún en Google.

Como diría cualquier mamá: “te lo dije pend…”.

Y entonces uno se pregunta:

¿Dónde está la autoridad?

¿Dónde está la regulación?

Spoiler:

No está.

Como el papá que salió por cigarros.

Porque el fraude turístico en México tiene el ecosistema perfecto.

Redes sociales sin control.
Usuarios sin educación digital.
Autoridades lentas y certificaciones de chocolate.

Como diría el clásico: “entre todos lo hicieron… y nadie fue”.

Y así… el turismo se convierte en otra cosa.

En un juego de azar.

En una especie de “a ver si sí me voy”.

Lo más irónico es que México vive un boom turístico.

El turismo creciendo…
y la confianza cayendo.

Ese es el contraste.

Porque hoy viajar no solo implica elegir destino.

Implica sobrevivir al proceso.

Verificar.
Dudar.
Desconfiar.

Porque si no… te carga el payaso.

Y lo peor es que el sistema ya lo normalizó.

“Ten cuidado.”
“Revisa bien.”

Como si la culpa fuera tuya.

Viajar en México se volvió eso.

Un acto de deseo…
y de defensa personal.

Y al final, la frase que resume todo este desmadre no es advertencia…

es casi un refrán.

Porque aquí no te venden viajes…

te venden ilusiones con descuento.

Y uno, como buen mexicano, cae.

Porque quiere creer.

Porque como diría la abuela…

“El que compra sueños baratos… despierta caro.”

Porque soñar no cuesta…

pero en México…

despertar sí sale caro.

Y ahí… justo ahí… es donde vive esta tragicomedia.

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