Isabel López: Mezcal Oro de Oaxaca
Oro de Oaxaca: el viaje comienza antes del primer sorbo
Isabel López, Directora Comercial de Oro de Oaxaca, comparte un recorrido hacia Santiago Matatlán donde el mezcal abre las puertas de las comunidades. Entre palenques y talleres artesanales, su relato invita a descubrir cuánto de Oaxaca cabe en una botella.
«No puedes llegar con las manos vacías». Isabel López recuerda esa enseñanza de su abuela cuando recibe amigos en Oaxaca. Les propone llevar algo para compartir al visitar una casa. Antes de hablar de sabores, habla de cómo acercarse a quien te abre la puerta. En ese gesto empieza el viaje que quiere contarnos.

Cuando describe el primer sorbo, Isabel menciona notas ahumadas y terrosas. En ellas reconoce «la paciencia y el origen de nuestra gente». La copa empieza a insinuar el paisaje; conocer a quienes producen el mezcal permite comprender lo que contiene.
Isabel es de Santiago Matatlán. En conversación con Travel Report, se presenta como una «pequeña portavoz de lo poquito de la grandeza de Oaxaca». Sabe cuánto queda por descubrir, incluso para quienes crecieron allí.
La historia familiar de Oro de Oaxaca comenzó en 1940 con sus abuelos, José López Escobar y Sixta Mateo. Su padre convirtió después la venta a granel en una marca, nacida en 1985. Isabel decidió continuar ese camino.
El oficio tiene nombre propio
El recorrido sale de la Ciudad de Oaxaca hacia el valle y comienza en el Tule. En El Milenario propone desayunar chocolate con pan de yema. La mesa pone los primeros sabores del día, antes de llegar a los palenques, los espacios donde se elabora el mezcal.
En la destilería de Oro de Oaxaca recibe Juanita, maestra mezcalera con más de 18 años de experiencia en la elaboración y destilación. Ella conduce la visita y explica el proceso. Isabel recuerda una queja que le confió: «Todo mundo piensa que yo nada más soy para la foto».
Con ese oficio ha sostenido a sus hijos. Al escucharla, el siguiente sorbo adquiere un rostro: recuerdas quién trabajó para que llegara hasta ti. Una parte de lo que emociona al probarlo viene de reconocer esas manos y el conocimiento que han reunido.
«Las mujeres siempre han estado presentes como parte de una necesidad», explica Isabel. Habla de las esposas que trabajaron en el campo y participaron en la fermentación. Sus historias también pertenecen a este paisaje.
Quinientas capas de paciencia
En Teotitlán del Valle, Isabel habla de una artesana de 84 años que elabora velas de cera de abejas para celebraciones familiares. Una de esas velas necesita, según le explicó, 500 bañadas de cera. Quinientas veces las manos vuelven sobre el mismo trabajo hasta darle forma a una celebración.
Luego vienen los talleres de tapetes de lana, donde los anfitriones muestran cómo obtienen tintes naturales. Conocer el proceso cambia la mirada: la pieza que llevarás contigo empieza a guardar también el recuerdo de quien la hizo.

Entre los magueyes, la espera alcanza otra dimensión. El espadín con el que trabajan necesita entre ocho y diez años para aprovecharse, explica Isabel. Frente al campo, puedes imaginar cuánto ha ocurrido en tu propia vida durante ese tiempo. La planta ha seguido allí, creciendo hacia una copa que todavía no existía.
Cada sorbo parece guardar algo de aquellos días de sol y de la lluvia sobre el valle. También la constancia de quienes cuidaron el maguey cuando aún faltaban años para brindar. El paisaje encuentra otra manera de quedarse contigo. Y en la copa que alguien te ofrece vive una costumbre íntima: compartir lo propio para que el recién llegado también se sienta en casa.
El camino continúa por otras destilerías hasta Santiago Matatlán, con una pausa para probar aguamiel. Isabel señala que incluso dos palenques vecinos pueden ofrecer sabores distintos. Cada familia trabaja con conocimientos propios; visitar sus espacios permite escuchar esas diferencias antes de buscarlas en el paladar.
La comida llega en Azul Adobe, el comedor que recomienda en Matatlán. Menciona el chichilo y la seguenza, y recuerda que un mole cambia incluso entre comunidades cercanas. También una receta guarda la manera particular en que una familia entiende su tierra.
«Hay una profundidad más fuerte que eso», dice Isabel al hablar de las frases con las que se vende el mezcal. Descubrirla implica conocer a quienes lo producen y comprender el lugar que ocupa en sus vidas.
Isabel calcula unas ocho horas para ese recorrido. Al momento de la entrevista, Oro de Oaxaca lo organizaba para invitados y proyectaba abrirlo al público. Para incorporarlo a tu viaje o al de tus clientes, consulta directamente con la casa las posibilidades y condiciones de visita.
Otra mañana en el valle
Para acercarte a esta región, Isabel recomienda dedicarle al menos un día y medio y llegar temprano a Matatlán, cuando el trabajo da movimiento al pueblo. Propone hospedarse en Mitla y visitar su zona arqueológica.
Si la estancia coincide con domingo, sugiere terminar en el mercado de Tlacolula. Cuenta cómo puedes comprar carne para que te la asen y sentarte a comer, mientras los puestos de pan abren nuevas tentaciones. Allí encuentra una convivencia que forma parte de su vida cotidiana.
Isabel imagina un futuro con más hospedaje y familias que reciban visitantes. Cuando le preguntamos qué haría por Matatlán, responde: «Abrir todas las casas de los palenques». Su deseo tiene la sencillez de una puerta abierta.
El mezcal de nuestra fiesta
Hay una visita que Isabel recuerda con especial cariño. Llegó con amigos a casa de una artesana y uno de ellos entregó una botella de Oro de Oaxaca, siguiendo aquella enseñanza de llevar algo para compartir.
La mujer la reconoció. «Este es el que consumimos apenas en nuestra fiesta patronal», recuerda Isabel que dijo, feliz. Llamó a su hijo en zapoteco para mostrársela.
El visitante había llevado un regalo. Ella había reconocido una parte de su vida.
Después de conocer Oaxaca así, cada sorbo tiene algo de regreso.

