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AFA: el aeropuerto donde no vuelas, pero te entretienes

Tragicomedia

AFA: el aeropuerto donde no vuelas, pero te entretienes

AFA: el aeropuerto donde no vuelas, pero te entretienes

En México no construimos aeropuertos: producimos series largas.

El Aeropuerto Felipe Ángeles es eso: una telenovela de horario estelar, con presupuesto sexenal, elenco institucional y un guion que siempre promete que en el próximo capítulo ahora sí despega. Spoiler: nunca despega, pero qué bien entretiene.

El pueblo, que no tiene tiempo para siglas largas, resolvió el tema con sabiduría milenaria: AFA.

Porque la “I” de Internacional salió del proyecto como galán de novela: se fue sin avisar, dejó promesas y nadie sabe en qué aeropuerto anda ahora.

Llegar al AFA es una experiencia terapéutica. No hay filas, no hay empujones, no hay ese estrés aeroportuario que te hace odiar a la humanidad. Aquí hay paz. Mucha paz. Demasiada.

Una paz tan profunda que empiezas a pensar en la vida, en el SAT, en la ex y en por qué siempre caemos en el “ya merito”. En otros aeropuertos corres; aquí caminas con respeto, como en museo o velorio elegante.

El silencio es tan solemne que parece reglamento interno. Caminas despacio para no despertarlo. Todo brilla: mármol reluciente, pasillos infinitos, pantallas listas para anunciar algo que jamás ocurre. Es como set de telenovela noventera: producción de lujo, pero sin actores. El aeropuerto ideal para quien odia las filas… siempre y cuando también odie viajar.

Pero ojo: el AFA no busca eficiencia. Busca relato nacional.

Por eso tiene museos. Uno militar, otro de mamuts. Aviones de guerra y huesos prehistóricos: la patria resumida en dos salas. El Museo del Mamut tuvo más visitantes que el aeropuerto vuelos en su primer mes, lo cual confirma una verdad profundamente mexicana: el pasado siempre tiene mejor convocatoria que el futuro. El mamut no cancela, no se retrasa, no pide slot.

Y entonces llegó el giro dramático, con música de violines. Octubre de 2025: Estados Unidos vetó rutas, canceló vuelos y dijo “así no se juega”. México había movido slots, sacado cargueros y reacomodado el aeropuerto capitalino como quien mueve los muebles sin avisar al casero. Washington respondió como suegra molesta: apagando el switch y cruzándose de brazos.

Desde entonces, la terminal internacional del AFA es un espacio emocional. Una sala de espera para la esperanza. Un homenaje al “hub que pudo ser”. Ahí uno imagina vuelos a Houston o Nueva York como quien recuerda a un ex: con cariño, nostalgia y la certeza de que ya no va a volver.

Lo curioso es que el veto no debilitó al AFA: lo volvió causa nacional.

Dejó de ser aeropuerto para convertirse en tema. En pleito, meme, en sobremesa. Es el único aeropuerto del mundo que no conecta ciudades, pero conecta opiniones. Como dice el refrán: mucho ruido y pocas nueces… pero qué bonitas nueces.

Eso sí, justicia poética obliga: en carga, el AFA es un éxito. Paquetes, contenedores, tráileres. Santa Lucía se volvió líder nacional en mercancías. Ironía fina: el aeropuerto hecho para personas funciona mejor para cajas. El pasajero puede esperar; el pedido de internet no perdona.

¿Y cómo se sostiene esta joya? Con presupuesto, por supuesto.

El AFA no vuela solo: lo acompaña Hacienda. Subsidios lo mantienen firme, como se mantiene una estatua ecuestre: no para que avance, sino para que no se caiga el símbolo. Aquí no se habla de pérdidas, se habla de inversión histórica. Como diría la tía en Navidad: sale caro, pero es para la familia.

Había también un tren. O más bien, una promesa ferroviaria que conecta el AFA con el futuro desde hace tres años. Dicen que ahora sí viene. Y uno quiere creer. Porque en México creemos en el “ahora sí”, en el “ya merito”, en el “espéreme tantito”.

El AFA sigue ahí. Moderno. Pulcro. Silencioso.

No mueve gente. Mueve narrativa.

Y en este país, cuando la narrativa despega, el aeropuerto puede esperar.

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