El impuesto al hospedaje
El impuesto que nació turista y murió todólogo
Todo empieza siempre igual: con una buena intención y una peor ejecución.
El impuesto al hospedaje nació para algo muy concreto y bastante decente: que el turista que duerme en tu estado ayude a que otros turistas quieran venir. Promoción, imagen, destino, narrativa. Básico.

Pero entonces alguien descubre una verdad incómoda:
El impuesto al hospedaje sí se recauda. Puntualmente. Sin marchas. Sin plantones. Sin amparos. El turista paga, el hotel cobra, el dinero entra. Y ahí empieza la tentación.

“¿Y si lo usamos también para infraestructura?”
“¿Y si lo usamos para cosas que también benefician al turismo?”
“¿Y si el turismo es todo… entonces todo es turismo?”
Y así, con una semántica elástica y una definición lo suficientemente vaga, el impuesto deja de ser turístico y se convierte en impuesto comodín.
Veracruz es solo el ejemplo más reciente, no el único ni el último.
Porque lo que viene después es perfectamente predecible.
Primero, el concepto de infraestructura turística se vuelve un cajón de sastre. Una calle mal pavimentada cerca de un hotel es turismo. Un alumbrado público deficiente es turismo. Una obra que ya estaba presupuestada pero necesita “refuerzo” también, mágicamente, es turismo. Todo lo que tenga una palmera cerca puede entrar en la bolsa.
Luego viene la gobernanza creativa.
El sector que genera el impuesto —hoteleros, prestadores, anfitriones— conserva “voz”, pero pierde voto. Es decir: opina, pero no decide. Aplaude, pero no dirige. Escucha el informe, pero no firma el cheque.
El fideicomiso aparece como palabra mágica. Fideicomiso suena a orden, a candado, a profesionalización. En la práctica, muchas veces es solo una caja más elegante, con menos miradas encima y más margen para interpretar prioridades.
Después llega la fase favorita del sistema: el área gris.
No hay desvío directo. No hay corrupción burda. No hay sobres manila.
Hay algo mucho más eficiente: opacidad funcional.
Proyectos sin métricas claras. Obras sin impacto medible. Reportes que dicen “se fortaleció el turismo” sin explicar cómo, dónde ni con qué resultados. Dinero que no se pierde, pero tampoco se ve.
El sector privado, cansado de pagar sin decidir, empieza a desconectarse emocionalmente del impuesto. Algunos buscan cómo minimizarlo. Otros cómo reinterpretarlo. Otros simplemente dejan de creer. Y cuando se pierde la creencia, la recaudación se vuelve un trámite, no un compromiso.

Al final, el impuesto al hospedaje termina como muchas buenas ideas públicas en México:
ni completamente robado, ni claramente útil.
Solo diluido. Disperso. Irrelevante.
Y entonces alguien, dentro de unos años, preguntará con tono solemne:
“¿Por qué ya no alcanza el dinero para promover el destino?”
La respuesta será simple, pero nadie querrá oírla: porque lo usamos para todo… y no sirvió para nada.

