Tianguis Turístico 2026
Somos, nos reconocemos y nos hacemos
El Tianguis turístico: el arte de vestirse de gala con harapos
PARTE 1: El espectáculo empieza donde termina la verdad
Primer acto: El regreso glorioso de Acapulco
Acapulco volvió.
No como estaba.
No como lo recordamos.
Sino como se puede.
Se vistió de gala… con harapos.
Y aún así, alcanza.
El Centro de Convenciones abre sus puertas para celebrar 50 años del Tianguis Turístico. Medio siglo de discursos reciclados y de esa capacidad mexicana de convertir cualquier circunstancia en evento.
Aquí todo luce.
Aunque no todo funcione.
Entra la primera dama del turismo. Precisa, jovial, entrenada en redes. Dice lo correcto: inclusión, transformación, sustentabilidad. Palabras grandes que ya suenan bien… aunque rara vez pasen a la acción.

Detrás, comunicación social y la horda de paleros arma la escena. Ordenan aplausos, distribuyen sonrisas, acomodan gente. La gayola está montada: sangre juvenil aplaudidora, feroz, porque hay que aplaudir, sin importar lo que se diga… o mejor aún, sin entender lo que se implica.
Y aparece el verdadero poder.
El de redes sociales del estado.
Ese no documenta. Corrige la realidad.
Convierte un saludo incómodo en alianza estratégica.
Un stand flojo en éxito.
Un recorrido lento en agenda intensa.
Edita, sube, posiciona.
Y listo.
Lo que no pasó… ya pasó.
Flash.
Y arranca el Tianguis.
No como epicentro de negocios y prosperidad para chicos y grandes.
Sino como espectáculo político, para beneficio de unos cuantos.
Segundo acto: El desfile que nadie admite
Aquí nadie viene a ver.
Todos vienen a aparecer.
El pequeño hotelero camina con dignidad. Explica con pasión, vende con urgencia. Nadie cierra o cierra poco. Pero él insiste. Porque no tiene otra opción.
El prestador de servicios turísticos sostiene lo real. Hace todo. Aquí pocos lo pelan más allá de los conocidos de siempre.

El representante municipal invisible habla con entusiasmo. Lo escuchan por cortesía. Le dicen “lo vemos”. Nadie lo ve.
El vendedor de los medios persigue presupuesto. Promete alcance, presencia, impacto. Vive de inflar… y resistir.
El de comunicación social de la entidad chica o grande empuja, insiste, busca exposición mediática pa su mero gallo. Presume la entrevista o la firma de convenios efímeros como logros históricos pues lo suyo es llevar agua, léase fotos y publicaciones, para su molino.
El consultor explica lo evidente. El operador trabaja en silencio. El comprador promete lo que no cumplirá.
Y aparece el pequeño empresario.
Llegó sin saber si fue invitado, acarreado o engañado. Pero llegó lleno de ilusiones. Pensando que aquí se cerraban contratos grandes.
Es el que más regaló.
El que mejor montó.
El que más se preparó.
El que más soñó.
Y también… el que más perdió,
y regresa a casa con el corazón medio roto… pues aprendió, a la mala, que aquí prometer no empobrece, pues las promesas son el pan nuestro de cada día.
Tercer acto: El recorrido que lo justifica todo
Antes, el recorrido oficial era un día.
Hoy son tres.
Tres días de caminar lento, de repetir la misma foto, el mismo saludo, el mismo video.
El recorrido ya no es logístico.
Es contenido viral.
Es evidencia contundente.
Es política.
Este deambular estratégico se realiza acompañado por las hordas de vasallos federales y al frente esperándolos como agua de mayo, los de la entidad en cuestión: secretario de turismo, alcaldes, síndicos, regidores, los de comunicación social, lisonjeadores profesionales, un par de artesanos para darle color y demás. Unos a otros se prometen amor eterno y gritan a los cuatro vientos sus lealtades y admiración mutua que se demuestran con regalos, porras y mucho más.
Todo suena increíble.
La vista al stand es el momento cumbre y la materialización de todos los esfuerzos estatales.
Y es aquí donde el éxito se mide por el tiempo de la escala.
La comitiva rellena el encuadre.
Los acarreados aplauden.
El estudiante sonríe.
La prensa publica bonito.
Y el de redes sociales…
Ya lo convirtió en éxito.
Aunque no haya pasado nada.

La Resaca
Aquí nadie viene a vender.
Vienen a aparecer.
Porque el riesgo ya no es perder negocio.
Es desaparecer.

