Value
Tragicomedia turística sobre destinos, experiencias y hoteles imposibles que aprendieron a explicarse
Hubo un tiempo —no tan lejano— en el que viajar implicaba una decisión práctica.
Uno preguntaba cuánto costaba, veía si alcanzaba y elegía.
Ese tiempo se terminó.
Hoy viajar no es una cuestión de precio,
sino de discurso.
Y cuando un destino, una experiencia o un hospedaje dejan de ser accesibles, dejan de explicarse con números y empiezan a justificarse con una palabra que no admite réplica: value.
Acto I: El momento exacto en que algo se vuelve incómodo
El value no aparece cuando algo es competitivo.
Tampoco cuando todavía es razonable.
Aparece cuando el precio ya provoca silencio.
Ese instante incómodo en el que alguien ve la tarifa, hace una pausa mínima —educada— y escucha:
—“No somos baratos… pero ofrecemos un alto value.”
Y listo.
El precio deja de ser un problema del proveedor y pasa a ser una cuestión de percepción del viajero.
Acto II: Cuando ya no hay que pedir perdón
Antes, un destino caro, una experiencia costosa o un hotel fuera de rango sentían la necesidad de explicarse.
Hoy no.
Hoy el mensaje es claro, aunque nunca se diga así:
- si te parece caro, no eres el mercado
- si dudas, no eres el perfil
- si preguntas demasiado, no entendiste la propuesta

El value no justifica el precio.
Lo desactiva.
Porque ya no se trata de cuánto cuesta, sino de si tú estás a la altura de entenderlo.
Acto III: El PowerPoint invisible
Aquí ocurre la transformación.
Ya no se habla de tarifas, entradas o noches.
Se habla de conceptos.
No se dice:
—“Somos caros”.

Se dice:
—“Somos exclusivos”
—“Somos aspiracionales”
—“Somos una experiencia integral”
El value se convierte en una capa protectora.
Un paraguas elegante bajo el cual caben precios que, de otro modo, serían difíciles de defender en público.
Acto IV: El viajero como aliado involuntario
El viajero escucha el discurso y hace lo que mejor sabe hacer: adaptarse.
Empieza a decir:
- “No es barato, pero lo vale”
- “No es para todos”
- “Es una experiencia distinta”
Y sin darse cuenta, deja de evaluar el destino, la experiencia o el hospedaje y empieza a defenderlos.
Porque admitir que no lo valieron, sería aceptar que el value funcionó demasiado bien.
Acto V: El value como filtro elegante
El value no excluye a gritos.
Excluye con cortesía.
No dice:
—“No queremos a todos”.
Dice:
—“No todos lo entienden”.
Y así, destinos, experiencias y hoteles dejan de preocuparse por ser accesibles y se concentran en ser explicables.
Menos clientes.
Más caros.
Mejor narrados.
Acto VI: El después
El viaje pasa.
La experiencia se diluye.
La habitación se olvida.
Y llega ese momento privado, sin narrativa, frente al estado de cuenta.
No fue malo.
No fue extraordinario.
Fue correcto.
Pero tuvo value.
Y esa palabra, curiosamente, basta para cerrar cualquier debate posterior.

Epílogo: Aeropuerto, última llamada
En la sala de espera, el viajero escucha la frase una vez más:
—“Es carísimo… pero tiene mucho value.”
Ya no sonríe.
Ya no discute.
Ya no pregunta.
Porque entiende, por fin, la regla no escrita del turismo contemporáneo:
El value no existe para mejorar la experiencia.
Existe para explicar por qué un destino, una experiencia o un hospedaje dejaron de ser accesibles
sin tener que pedir disculpas.

