Tragicomedia

FITUR 2026 y las andanzas de Montellano

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Crónicas del surrealismo mexicano en FITUR

En Madrid, mientras Europa habla de tendencias, sostenibilidad y negocios turísticos, Montellano —nombre ficticio de un estado muy real— llegó a FITUR con una certeza absoluta: había que ir. No importaba cuántos, ni para qué exactamente. Había que estar. Porque en el imaginario gubernamental, no ir a FITUR es casi antipatriótico.

Y así desfiló la comitiva de Montellano: grande, nutrida y orgullosa. El gobernador, el secretario de Turismo y sus acólitos municipales, síndicos, regidores, el de comunicación social, alcaldes de comunidades, que los únicos turistas que ven es cuando el repartidor de coca cola o bimbo lleva a su familia.

En la comitiva también se suman, sufridos creadores de contenido, fotógrafo oficial y prensa estatal, “personal técnico”, esposas, hijos, sobrinos, una generosa dosis de artesanos y cocineras tradicionales para darle folclor y por último pero no menos importante algún vínculo sentimental o puramente carnal convenientemente bautizado como lazo cultural.

Todo perfectamente justificado en el papel. Todo muy difícil de explicar en la realidad.

Montellano, vale decirlo, no vive su mejor momento. La inseguridad es tema diario, hay carreteras que nadie transita de noche y municipios donde el turismo es más un deseo que una actividad económica. Pero nada de eso cruzó el Atlántico. En FITUR, Montellano fue seguro, alegre, colorido, una postal sin sobresaltos. Porque en las ferias internacionales no se vende la realidad: se vende una versión editada del país.

El stand era grande, vistoso, lleno de pantallas, frases aspiracionales, artesanías y palabras como auténtico, descubre e imperdible. Más pensado para presumir una ilusión que para sentarse a cerrar ventas reales. Dos personas trabajaban. El resto hacía presencia. Ese verbo administrativo que no significa nada, pero lo explica todo. Y, por supuesto, la cereza del pastel: regalar degustaciones de alimentos y bebidas. Porque en FITUR, como en todo ecosistema bien entendido, la comida gratis es la forma más efectiva de atraer visitantes. No compradores, no socios estratégicos: tránsito, fila, foto… y la sensación de éxito.

Entre la multitud institucional, casi como nota al pie, aparecía un pequeño grupo de empresarios. Discretos, puntuales, enfocados. Ellos sí venían a hacer su trabajo: negociar, intercambiar tarjetas, intentar cerrar algo concreto entre tanto ruido protocolario. No daban entrevistas. No posaban. No estorbaban.

Llegó entonces el momento favorito de toda delegación: la firma de convenios. Acuerdos solemnes, fotografiados desde todos los ángulos, celebrados en boletines y redes sociales. Convenios de chocolate que se derriten al otro día, perfectos para justificar el viaje e inútiles para la realidad.

Después, los premios. FITUR también es una pasarela de reconocimientos cruzados: placas, menciones, certificados de organismos que nadie sabe bien quiénes son. Montellano recibió alguno. También entregó otros. Todos posaron felices. Porque aquí el premio importa menos que la foto del premio. El sueño no es transformar el destino, es salir publicado, aunque sea en letra chiquita.

Y aquí entra en escena el verdadero maestro del tejido de cualquier delegación estatal: las redes sociales. Porque lo importante no es lo que se hace en FITUR, sino lo que los ilusos en México creen que están haciendo. No importa si en la presentación había cinco o seis personas: el encuadre perfecto convierte el evento en multitudinario. No importa si nadie preguntó nada: la foto dice “gran interés internacional”. En el lenguaje oficial, “participamos” puede significar desde dar una ponencia hasta haberse pegado a la comitiva, pasar por el stand y salir en la foto. Todo es semántica. Todo es narrativa. Todo es contenido.

Las cenas “de trabajo” cerraron la jornada. Restaurantes elegantes, brindis, discursos sobre el futuro del turismo. Todo justificable como networking, aunque la frontera entre misión oficial y disfrute personal se volviera cada vez más borrosa.

¿El costo? Imposible saberlo con claridad. Vuelos, hospedajes, comidas, traslados y “otros gastos”. La cifra se diluyó entre conceptos administrativos. La transparencia, como siempre, no abordó el avión.

Al final, el regreso fue triunfal. Viaje exitoso, agenda cumplida, Montellano en el mapa mundial. Nadie habló de resultados medibles. Nadie explicó cuántos turistas llegarán gracias a esto. Pero todos coincidieron en algo: valió la pena. Y sí, regresaron varios días después de que terminó el evento, con maletas llenas de recuerdos.

Porque en FITUR, para algunos, el verdadero atractivo turístico no es el destino que venden, sino el viaje que se dan.

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