Cama King Size, salario mini
Tragicomedia mexicana sobre las mujeres que sostienen el hotel… sin sostenerse ellas
En México, el turismo es potencia mundial.
Somos hospitalidad, sonrisas, margaritas al atardecer y camas perfectamente tendidas con ese doblez en pico que parece origami japonés hecho en Cancún.
Lo que no sale en el brochure es quién hace ese pico.
Spoiler: no es el gerente general.
Es una mujer. Casi siempre una mujer.
Según datos recientes de Data México (Secretaría de Economía), en el país hay alrededor de 79 mil recamaristas y camaristas, y más del 85% son mujeres. Su ingreso promedio ronda los $6,000 pesos mensuales y trabajan cerca de 46 horas a la semana.
46 horas oficiales.
Las no oficiales… esas son “parte del compromiso con la marca”.
La cama no se hace sola, se hace con espalda
En la narrativa turística mexicana hay una palabra que lo arregla todo: servicio.
“Servicio impecable.”
“Servicio cálido.”
“Servicio de clase mundial.”
Clase mundial, sí. Pero espalda de barrio.
Porque hacer entre 15 y 25 habitaciones por turno no es yoga. Es cardio, crossfit, pilates, halterofilia y terapia de pareja con el colchón. Todo junto. Y sin membresía premium.
La tragicomedia empieza cuando el hotel presume en redes:
✨ “Habitaciones más amplias, experiencia renovada” ✨
Y la recamarista piensa:
“Más amplias, más sábanas, más baño, más vidrio… y el mismo tiempo. Qué padre.”
En México, la mayoría de las camaristas no tiene sindicato fuerte que las respalde. No hay huelgas mediáticas. No hay pancartas virales. Hay algo más mexicano: aguantarse.
Porque aquí el turismo es motor económico… pero las mujeres que lo limpian son la pieza que nadie quiere ver en la foto oficial.

Outsourcing: esa palabra que suena elegante pero sabe feo
Hubo reforma laboral, sí.
Se habló de prohibir la subcontratación abusiva, sí.
Se hicieron conferencias, sí.
Pero en la práctica, en muchos destinos turísticos, las camaristas siguen bajo esquemas tercerizados: empresas externas que pagan menos, que rotan personal, que te dicen “mañana vemos lo de tus horas extra”.
¿Seguro social?
Sí, pero a veces cotizando menos de lo que realmente trabajas.
¿Horas extra?
“Luego lo vemos, ahorita hay ocupación alta.”
México es campeón en ocupación hotelera en temporada alta.
Pero también es campeón en normalizar la frase: “Es que así es este trabajo.”
La hospitalidad mexicana… pero sin silla
En 2025 entró en vigor en México la llamada “Ley Silla”, que obliga a que trabajadores que pasan largas jornadas de pie tengan derecho a sentarse periódicamente.
Suena revolucionario, ¿no?
Sentarse.
Imagínate el nivel de explotación que tiene que existir para que una ley que diga “tienes derecho a sentarte” sea celebrada como logro social.
La camarista mexicana no solo pasa horas de pie: se agacha, carga colchones, levanta carritos de limpieza, sube escaleras de servicio, empuja carros llenos de blancos mojados.
Pero cuando hay inspección, todo está en orden.
Siempre está en orden.
El desorden solo vive en su espalda.

El huésped exigente: personaje secundario pero ruidoso
Aquí entra la parte más absurda de la tragicomedia.
El huésped que deja la habitación como si hubiera explotado un after clandestino y luego baja a recepción a decir:
“Creo que mi cuarto no quedó perfectamente limpio.”
Perfectamente limpio.
Como si la mujer que lo hizo no tuviera 18 habitaciones más esperando.
En México, además, hay un detalle cultural curioso: la propina en housekeeping es opcional. Muy opcional.
Tan opcional que muchas veces es inexistente.
Se deja propina al valet.
Se deja propina al mesero.
Pero a la que hizo tu cama y limpió tu baño… “Ah, es que eso ya viene incluido.”
Incluido en qué, mi rey. Incluido en su salario mínimo.
Turismo de lujo, sueldos de supervivencia
México presume hoteles cinco estrellas, todo incluido, tarifas en dólares, spas con tratamientos de cacao ancestral y suites con plunge pool privada.
Pero la mujer que limpia esa plunge pool puede estar ganando menos de lo que cuesta una noche ahí.
Es la paradoja más mexicana del sector: vendemos lujo global con salarios locales.
Y ojo, no es que el turismo sea malo. El turismo da empleo, mueve economías, sostiene comunidades enteras.
El problema es que el eslabón más débil del glamour es casi siempre femenino.
Porque el turismo mexicano está feminizado en la base, pero masculinizado en la cima.
Ellas hacen las camas. Ellos toman las decisiones.
La resiliencia (esa palabra que romantiza el cansancio)
En México nos encanta romantizar la resistencia femenina.
“Son bien chambeadoras.”
“Son unas guerreras.”
“Mis respetos.”
Sí, son guerreras. Pero no tendrían que serlo para sobrevivir.
La tragicomedia está en que celebramos su fortaleza en lugar de cuestionar por qué necesitan tanta.
Porque no, no es normal que a los 40 años tengas lesiones crónicas de espalda por tender camas.
No es normal que una mujer gane 6 mil pesos mensuales mientras el hotel facture millones.
No es normal que su trabajo sea invisible hasta que falta.
Escena final: el check-out
Tú haces check-out.
Te vas feliz, bronceado, diciendo que el hotel estuvo “impecable”.
Ella entra a la habitación que dejas.
Dobla la sábana.
Sacude el edredón.
Revisa el minibar.
Levanta las toallas húmedas del piso.
Y vuelve a empezar.
La industria turística mexicana presume hospitalidad.
Pero la verdadera hospitalidad es esa mujer que, aunque esté cansada, deja todo perfecto para que tú nunca tengas que pensar en ella.
La tragicomedia es que sin ella no hay hotel.
Pero con ella… tampoco hay justicia completa.
Y entonces sí, con todo respeto y cariño a este país que amamos tanto vender en folletos:
México es potencia turística. Ahora falta que sea potencia en dignidad laboral.
Porque la cama king size está padrísima. Pero la dignidad no debería ser tamaño individual.

